La vida está repleta de experiencias y situaciones que forman parte de nuestros recuerdos y que, al evocarlos, se sienten como brisa fresca dentro del diario hacer. Recuerdos penosos, tristes, alegres, escandalosos, divertidos, emocionantes; todos, sin excepción, se suman a ese anecdotario que nos hace quienes somos.

En la expresión oral surgen también un sinfín de anécdotas que, aunque pudieran alejarse de la precisión tan típica del docto hablar, se convierten en frases y palabras características de ciertas regiones, países, ciudades, pueblos y personas.

Algunos ejemplos podrían ser el tan popular “chamo“ de los venezolanos para referirse a una persona joven; el “ayala vida“ de los panameños para expresar asombro; el “berraco“ de los colombianos para hablar sobre alguien que es fuera de serie; o el famoso “qué padre“ de los mexicanos para hacer entender que algo les gustó.

Por supuesto, no dejemos por fuera a nuestros grandes artistas e inventores: nuestros pequeños. “Cocuba” por tortuga, “plas” por flash, “oco” por otro, “atatija” por lagartija, “cocótero” por helicóptero, y así un sin fin de nuevas palabas que desesperadamente buscamos corregir mientras crecen y que cuando desaparecen ansiamos tanto volver a oír.

De esta manera, las palabras van cruzando fronteras y brincando edades, se van colando en nuestro hablar sin la conciencia exacta de su procedencia e ignorando su travesía. Son nuestras, nos pertenecen, nos definen, las usamos a diario y encuentran un espacio irremplazable en nuestro vocabulario.

Francisco Suniaga, reconocido escritor, profesor, abogado e internacionalista venezolano, prestó a Tintaleo un cuento de su maravilloso libro Margarita Infanta, precisamente lleno de recuerdos y hermosas historias de su infancia en la isla de Margarita, de donde es oriundo. Esperamos que disfruten tanto como nosotros de estas líneas de Suniaga sobre las anécdotas de nuestro idioma.

 

Herón y otras palabras

La abuela Luisa Ramona era una señora sorprendente y tenía tantas cosas dentro de sí que uno no se podía imaginar que las hubiera aprendido en una sola vida. Se sabía y, en noches de lluvia cuando no podíamos salir a jugar a la calle, nos narraba cuentos de los hermanos Grimm, los mitos griegos más emocionantes, episodios del Antiguo Testamento, las acciones guerreras de los héroes de la historia margariteña y, por supuesto, sus propias aventuras con los espantos y aparecidos, que en su juventud, asolaban a Margarita. Cómo había llegado a cumular tantos conocimientos era un misterio, porque, aunque sabía leer, la abuela no era lectora.

Su manejo de la lengua era muy margariteño y usaba expresiones arcaicas, como «vaya in viendo» -que traduce «tome en cuenta»-, u otras que uno supone muy castellanas aunque no aparezcan ni en los diccionarios más exhaustivos del idioma. Decía «a ver como no», para significar que algo la tenía sin cuidado; llamaba «aceite de castilla» al de oliva y «tomate españa» al que ahora llaman margariteño. Valga decir que, en aquellos nuestros tiempos infantes, cuando, más allá de lo geográfico, Margarita era de verdad una isla, sin televisión ni emisoras de radio foráneas, se hablaba así. Los niños ignorábamos que «afuera» -ese otro mundo geográfico, cultural y hasta étnico, que para los margariteños comienza con el limes de la orilla de la playa- nadie usaba ya esas palabras. Las verdades de los cuentos de los abuelos eran universales y muy pocas cosas existían más allá de los confines asuntinos. Aprendíamos esas expresiones del habla como se aprenden en todas partes: sin pensar en su contenido lógico, haciendo una relación directa entre el vocablo escuchado y la situación o imagen descrita. Así, por ejemplo, el vocablo «repugnante», no tenía el significado que tiene en el resto del mundo español. Entre los margariteños, creo que todavía algunos, los más viejos, conservan la forma, «repunante», pronunciado sin la g, significa jocoso y una «repunancia» es una broma.

Una de esas palabras raras que aprendimos de la abuela Luisa Ramona fue «herón». La usaba para describir a alguien violento por naturaleza o que había actuado en forma violenta en algún momento; golpeando a alguien, atropellando a alguien o pateando la puerta y rompiendo los corotos de su casa en una borrachera o un ataque de ira. Alguna vez le pregunté qué era un «herón», y la abuela, con toda la autoridad de su sabiduría, contestó: «es un animal muy grande y feroz, que se come a los demás animales y a la gente». Algún otro nieto le preguntó por qué nunca habíamos visto uno, y ella contestó: «porque en Margarita no existen, es un animal de afuera, de costa firme». Respuesta que nos reconfortaba y contribuía, junto con otros aprendizajes, a reafirmar nuestra convicción infantil de que había sido una suerte nacer en Margarita; la isla maravillosa donde la gente no era mala, no existían culebras de cascabel ni los alacranes, no había paludismo y, gracias a Dios, tampoco «herones», como los de «afuera.».

Años después, en Caracas, en una de esas tardes de asignaciones universitarias cuando uno habría preferido estar haciendo cualquier otra cosa, resbalando la vista por un diccionario enciclopédico me tropecé por primera vez con la oscura palabra: «Herón: Ave zancuda que habita en África». Al lado de la definición, el dibujo: ¡una cigüeña; quizás la única ave que puede competir con la paloma de paz! Definitivamente, ese no podía ser el animal violento al que aludía la abuela Luisa Ramona, concluí. ¿De dónde habrá sacado entonces esa palabra?, me pregunté.

Aún en la universidad, estudiando la Revolución Francesa, concretamente el período del terror de Robespierre, me encontré nuevamente con Héron, así, con mayúscula inicial y con acento en la e. Un nombre «propio o de persona», según las imborrables reglas del maestro Fiel Malaver, allá en el Grupo Escolar Francisco Esteban Gómez. Para más señas, francés, monsieur Héron, jefe de la policía a la orden del tenebroso Comité de Seguridad Pública y hombre de confianza del desquiciado Maximiliano Robespierre. En ejecución de las órdenes de captura del Comité, y no sin cierto sadismo de su parte, el violento ciudadano Héron derribaba puertas, allanaba hogares y, en medio de las frías madrugadas de París, sacaba a golpes de sus lechos, para llevarlos a la guillotina, a las inocentes víctimas del fanatismo jacobino. En fin todo un «herón», como muy bien lo habría llamado la abuela Luisa Ramona.

¿Pero de dónde habría sacado la abuela esa palabra? Quizás fue producto de un canto de velorio de Cruz de Mayo cuyos versos pervivieron por un tiempo en la memoria de la gente. Sabido es que los cantadores suelen (o solían) leer mucho, y de todo, porque no saben con qué «versación» le van a salir los contrincantes y deben estar preparados para repeler cualquier ataque –aparte de que se necesita mucho «material» para pasar todas las noches del mes de mayo cantando galerones. O tal vez la trajeron los evadidos franceses de Cayena que llegaron y vivieron por años en La Asunción a principios del siglo XX, antes que la larga mano de la justicia francesa los alcanzara. Hombres perseguidos y con cultura de presos, bien podrían haber tenido a Héron como referente de policía violento. O más probablemente, se la trajo un marinero margariteño, cansando de vagar entre Martinica, Guadalupe y otras dependencias francesas, que supo la historia de Héron y, medio poeta como hombre de mar, creó la metáfora. Bien pudo ser así, el Caribe y Margarita están todavía llenos de esas cosas.

Suniaga, F., (2015), Margarita Infanta, Caracas, Venezuela: Ediciones El Cercado. 

(*)Este cuento ha sido reproducido en su totalidad bajo la autorización de su autor.

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