Pinocho. TintaleoSiempre me gustó leer. Incluso antes de saber hacerlo. Me encantaban los cuentos, y tal como ahora, tenía debilidad por las buenas historias. Me gustaban tanto que hice que mis papás me leyeran una y otra vez “Pinocho” hasta que logré recitarlo a la perfección. No tenía idea sobre comas o puntos, obviamente, pero sabía que los silencios eran importantes. Recordaba exactamente con qué frase terminaba cada página y callaba mientras las pasaba para poder continuar con mi relato… para que Pinocho pudiera, al finalizar mi “lectura”, ser un niño de verdad.

Es una fortuna haber aprendido desde niña lo que más me gusta hacer de grande: hablar, leer y escribir, porque puedo decir que tengo toda una vida de experiencia en mi profesión. Una vez que aprendí la magia de reconocer las letras y supe juntarlas para formar palabras no hubo quien me detuviera. Lo leía todo. Libros, revistas, periódicos, tiras cómicas, anuncios, botellas de champú y hasta las letras pequeñas en las publicidad del cine hace unas décadas, esas que pasaban rápido casi como si no quisieran ser leídas y que advertían que fumar cigarrillos era nocivo para la salud.

Aprender a leer es, hasta el día de hoy, lo mejor que me ha pasado. Porque me dio un mundo de posibilidades. Más allá de lo que se consigue al otro lado del espejo, me acercó a otras épocas, a la fantasía, a lo mejor y a lo peor del ser humano. Aprender a escribir es mi segundo gran logro, porque me hizo capaz de crear para otros.

Estoy convencida de que haber estado expuesta a la literatura desde que tengo memoria marcó un antes y un después en mí. Que mi mamá nunca temiera por el futuro de sus libros cuando mis manos infantiles se paseaban por la modesta biblioteca de mi casa, hizo que yo no tuviera miedo a leer. Podía tomar lo que fuera de ahí, así como elegir cualquier libro en la librería, aunque no fuese infantil. Por eso leer, si me preguntan, no es más que un ejercicio de libertad.

Con los años desarrollé criterio, desde luego. Hay géneros que me encantan, autores a los que regreso en busca de refugio o complicidad, ritmos narrativos que me han influenciado sin darme cuenta, nuevos escritores con cuyas obras coqueteo como si se trataran del comienzo de un amor, y libros que definitivamente no fueron escritos para mí. El mundo de la literatura es tan amplio y tan noble que hay espacio para todos, incluso para mí.

La ligera posibilidad de que alguien me lea, de que tú en este instante lo hagas, le da sentido a mi vida. Porque, en esencia, eso soy: una persona que lee y escribe. Y, ¿quién sabe? Si todo sale bien, quizás como Pinocho, si pruebo que soy buena y sincera me convierta en una escritora de verdad.

Daniela Truzman
Escritora y periodista
www.danitruzman.com
Instagram: @danitruzman
Twitter: @danitruzman

El título universitario de Daniela dice que es comunicadora social, pero ella prefiere que le llamen contadora de historias. O escritora, si prefieren un término más elegante. Es venezolana, residenciada en Panamá desde hace una década.  Ha colaborado con distintos medios de comunicación impresos y digitales de su país de origen y de su país adoptado. También ha sido publicada en las antologías de cuentos “Más que contArte” (UTP) y “Los recién llegados” (Foro/Taller Sagitario). Está convencida de que el periodismo y la literatura no tienen por qué estar divorciados y que la realidad nada tiene que envidiarle a la ficción. 

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